lunes, febrero 28, 2011

TEXTO 3.

Recupero aquí los textos que publiqué en el extinto blog de Javier Calvo, riosperdidos.blogspot.com






UN JUEGO DE ESPEJOS

Ensayo breve sobre el terror moderno a partir del desarrollo del hombre político.


Nota: Este texto tratará sencillamente de entender la visión que el átomo social, el individuo, ha tenido de sí mismo a lo largo de los últimos dos siglos mediante un breve repaso a la constelación de temores que lo han afligido y a la luz de su desarrollo como hombre político. La frontera entre la dimensión espiritual y la política es aquí, por ende, mínima. Es por esta razón que se obviarán ciertos momentos de la historia reciente por no ser importantes en este sentido.


El Terror ya no es

que el homúnculo efectivamente viva (s. XVIII)

que seas sustituido por una máquina cualitativamente mejor (s. XIX)

que te confundan por otro igual a ti (s. XX)

sino dejar de ser el modelo primordial del monstruo (s. XXI)


El individuo se desmiembra mientras se añade, cual barro,

a un corpus social único que lo anula y protege.

Así, el contraataque al Godzilla, surgido de los propios desechos urbanos y la electricidad, con otro de sus mismas dimensiones.


Siglo XVIII. (Sitúo este paradigma aquí aunque hable de una serie de referencias que pertenecen a la primera mitad del siglo XIX, debido a que éstas responden a una serie de intereses científicos que se inician en el XVIII, tales como el automatismo o el estudio académico del cuerpo humano a partir de la disección de cadáveres y el uso de la electricidad como posible agente revivificador).


Mary Shelley, respondiendo a una apuesta formulada durante una cena con su marido Percy Shelley, Lord Byron y el médico Polidori sobre quién era capaz de escribir la novela o el relato más terrorífico, publica “Frankenstein o el moderno Prometeo”, en la que un científico une partes del cuerpo de diferentes cadáveres y le insufla vida mediante la electricidad. El monstruo es aquí un homúnculo, un cadáver convertido en persona. Mary Shelley ilustra aquí un nuevo temor, un temor moderno que se caracterizará por dos variantes: por un lado, el terror a uno mismo, que posteriormente encontrará en el psicoanálisis la ciencia del Mal, y por otro el terror hacia la propia humanidad, que no dejará de crecer a medida que avance la ciencia en los próximos siglos. En este sentido, la joven escritora inglesa se adelantaba unas cuantas décadas, ya que en su época todavía reinaban unos temores que provenían de los tres últimos siglos de conquista y exploración a lo largo y ancho del mundo.






[COMENTARIO:

Recomiendo clickar las imágenes para verlas más grandes y leer los vínculos de los títulos para entender el contexto de su realización.



La balsa de la Medusa (1819) de Théodore Gericault (1791-1824)




Mar de hielo (1823-24) de Caspar David Friedrich (1774-1840)


En ambos cuadros nos encontramos con la intersección de una diagonal con una espiral en sentido contrario que responde a la llamada Proporción Áurea.


En el lienzo de Friedrich esta parábola no es exacta, obviamente, pues se ha tensado la composición para dejar aire en el margen izquierdo y se ha achatado la parábola para arrinconar el objeto narrativo del cuadro, y es que en el rectángulo más estrecho del arco (que denominaremos centro áureo) está el barco naufragado. Esa especie de lápida dorada de hielo que vemos en el margen derecho ayuda a dirigir la mirada hacia el barco. Lo maravilloso de este lienzo es que después de ver la embarcación arruinada y comprender lo que ha ocurrido, nuestra mirada vuelve al témpano para regocijarse en sus formas.

En el cuadro de Gericault encontramos esta parábola áurea vuelta hacia la izquierda. Podríamos afirmar que la forma de la vela sigue fielmente la curva de la misma y nos descubre a un segundo personaje, y digo segundo porque la diagonal proyectada por la situación de la gente de la balsa nos lleva en primer término al hombre que enarbola una pieza de ropa en la proa y que una ola levanta por encima de los demás. Es la fuga diagonal proyectada por el témpano en el lienzo anterior. Pero en el centro áureo vemos a un anciano que está de espaldas a los demás y que nos muestra su rostro. Todos están desesperados acechando el horizonte, intentando ser vistos por otra embarcación; en sus gestos hay una urgencia indescriptible. Pero el anciano tiene la mirada perdida, sujeta con una mano a un cadáver y con la otra apoya su cabeza en señal de abandono. Sabe que su destino está escrito y que morirá de inanición o ahogado como los demás.

Ambos lienzos relatan un naufragio, su peripecia, la fuerza de la Naturaleza y sus consecuencias físicas o espirituales según una cosmovisión decimonónica, cuando todavía el hombre vivía a merced de los vientos y todavía existían zonas inexploradas en el mapa. Ahora se podrían organizar cruceros que visiten estos parajes de leyenda. Ya no es nuestro temor. Pero en aquella época, este temor se plasmaba en óleo desde Europa, desde la casa del pintor, es decir, desde la posición de aquél que no se ha embarcado en la aventura y que imagina ese horror con la aprensión del remiso.

Aquí es donde quiero hablar de perpendicularidad (hecho que rompe con nuestra rutina) en todas sus variantes: cosmogónica, espiritual, política, social. Hoy en día, los terremotos, los tsunamis y los huracanes han perdido toda trascendencia divina, ya no son un castigo, sino una casualidad. Pero curiosamente, aceptamos la crisis bursátil, la subida de los precios de los alimentos o la especulación inmobiliaria con la misma resignación. Seguimos votando, cada cuatro años, al rostro menos monstruoso, el que menos sacrificio de sangre de niñas vírgenes suponga. Y nuestro temor es ya totalmente doméstico.
La Economía como Naturaleza: nuestra única parcela de pasión sigue relegada al lamento.]


El monstruo de Frankenstein, que nace ya adulto, se pregunta, sin haber vivido una infancia, sobre el sentido de su existencia. Esa misma ausencia de una infancia histórica que otorgue sentido a la época es uno de los lugares comunes del romanticismo: estamos todavía lejos de Darwin y de la eclosión de la ciencia arqueológica, que verá sus primeros pasos con Schliemann y Evans a finales del siglo XIX, pero asistimos precisamente al germen de su urgencia, de su vértigo. El hombre todavía teme lo que desconoce del mundo, el mapa geográfico y sus zonas negras, grises, o marmóreas.

Byron mismo viajará a Italia y a Grecia buscando algo que pueda darle una pista de la infancia europea, pero se encontrará con unas ruinas abandonadas. Esas mismas ruinas le sirven al pintor Caspar David Friedrich para hacer una lectura moral de la historia y celebrar el cristianismo como un premio, una bendición del Reino de los Cielos a la perseverancia y buen juicio humanos; la historia como ascensión. El temor de Friedrich, como buen protestante, es el posible retorno de la plebe a las prácticas animistas, tan asimiladas en el catolicismo: la propia liturgia corre el riesgo de convertirse en un ritual de mera observación práctica que subestime la experiencia metafísica individual.

En esos mismos años, Goethe opone dos cosmogonías distintas en Faust: la intrascendencia de Mefistófeles (un andar despreocupado y equilibrado, un Carpe Diem), y el ansia filosófica de Fausto (la herencia medieval, un chantaje al Tiempo Cósmico a cambio de un sentido). Para Mefistófeles, no sólo no sabemos nada, incluso podemos no desear saber nada más allá del puro acto de creación o de vida, pues éste se erige como una doctrina religiosa en sí misma, un fin metódico. Mefistófeles abre la puerta del siglo XX en lo popular, mientras Nietszche hace lo propio en la mitología.

Superada la idea arcaica del Destino y la medieval de un Dios vigilante, el hombre se había convertido en “la medida de todas las cosas” en el Renacimiento, y se había desarrollado un nuevo concepto de la Libertad, pero en el siglo XVIII y XIX el hombre se interrogaba sobre su esencia buscando sus propios límites. No en vano, el doctor Frankenstein pretendía crear un hombre, no otra cosa; y ahora incluso nos preguntaríamos ¿Y para qué iba a crear un hombre? ¿De qué le servía? Podría haber tenido un hijo. Es como si Prometeo, en lugar del fuego, trajera más leña. El acto de creación por sí mismo como única justificación. El espejo, no obstante, todavía nos devolvía una imagen antropomorfa. Pero nuestra Libertad ya no repercutía en nuestra cualidad de ser, sino en la capacidad de crear. De crear artilugios que desempeñaran funciones, por ejemplo.





Siglo XIX.

El engendro mecánico, el autómata, que en el siglo XVIII cosechó insospechados triunfos, progresa y llega a una etapa de desarrollo espectacular en la creación de la máquina industrial y la consecuente revolución político-económica que provoca. El autómata ya no es una pieza de museo que viaja por las cortes reales de Europa, ahora es una máquina, un engendro resumido en unas extremidades (o unas vísceras) de hierro que fabrican artículos. ¿Qué artículos? Pues artículos de nueva necesidad. Artículos que después se venderán como tales después de crear la necesidad que los legitima como mercancía.

Antes de que existiera el consumidor, se inventó el consumo, y se reconstruyeron las ciudades para albergar a toda una nueva población de trabajadores que pudiera abarcar la demanda de mano de obra para la fabricación de artículos destinados a las clases privilegiadas de la urbe.

Nacen así las masas y su informidad compacta. En el espejo, como en una Polaroid, se va esclareciendo la verdadera condición del hombre como accionador de palancas, o mejor dicho, palanca accionadora de palancas accionadoras de procesos (como décadas después dibujarían Picabia o Duchamp), y el trabajo se convierte en el eje principal del discurso de la época.

Sin embargo, tanto en la Europa industrial como en las colonias esclavistas, la alta cultura del siglo XIX incide en ilustrar la vida de la clase privilegiada, a la que pertenece el pintor o el escritor. ¿Y ese silencio acerca de las condiciones de vida de los trabajadores y los esclavos?


Cuesta creer que sólo unas pocas décadas separen a Goethe de Marx, y que ambos fueran alemanes. La noche de Walpurgis ya no es una ópera de personajes fantásticos que confunde a Fausto en su búsqueda de la Verdad, sino la evidencia física de una fábrica en la que hombres, mujeres y niños trabajan como hormigas; el infierno en la tierra.



Siglo XX.

-Pocas veces oí a un hombre de empresa demostrar tanta comprensión por los problemas obreros –dijo G. H. Barrow.

-Sólo me hago eco del pensamiento de mis clientes –dijo Ward con una reverencia.


Paralelo 42. John Dos Passos.


La rápida difusión de las ideas socialistas (término genérico) durante el siglo XIX suponen un quebradero de cabeza para la clase dirigente europea y norteamericana, que se apresura a inventar una solución que le sea propicia: convertirán al trabajador en consumidor. De este modo, la clase trabajadora vivirá en mejores condiciones, y a su vez, la demanda crecerá y la industria exigirá mayor producción, es decir, mayores beneficios. Se rompe así la paradoja de la alienación decimonónica, según la cual el trabajador no podía acceder a los bienes de consumo que producía, y pasa a convertirse en agente activo de una paradoja de integración, en la que el trabajador sólo puede acceder a la producción de bienes de consumo si sigue la misma receta de explotación: el obrero feliz sólo puede aspirar a convertirse en patrón, no en productor comunitario.

En los países comunistas, mientras tanto, el obrero observa cómo sus aspiraciones de auto-gestión son eliminadas a causa del blindaje del Estado y la consecuente estatalización de la producción y represión policial-militar.

Aquella masa informe y compacta se convierte en el siglo XX en una masa uniforme y poliédrica gracias a las ideologías (porque se empieza a reconocer socialmente su trabajo, convirtiéndose así en labor), que la amparan en una lectura de su condición como integrantes de una estructura sólida que los anula y protege. La explotación como delegación de responsabilidades.


Tanto el obrero-patrón capitalista como el obrero-hormiga comunista se miran en el espejo y no se reconocen. Por exceso o por defecto, por deseo o por decepción no ven lo que esperaban ver.


(los comunistas son muy graciosos: cuando se imaginan a sí mismos en un régimen socialista no se ven trabajando todo el día en una fábrica, sino en un despacho, bien cómodos en una butaca de piel y dando órdenes a los subordinados. ¡Y pobre de aquél que se olvide de no suministrarle tinta para escribir sus memorias!).


No es extraño entonces encontrar casos en los que se ha relatado el terror a ser confundido con otro. Con otro tan parecido a él. El trabajador se convierte en un individuo con nombre, ideología, estilo y propiedades particulares. Nace así en Occidente el Estado de Derecho y el Documento Nacional de Identidad, es decir, nace el derecho de las autoridades a controlar a la población. Cuanto más se parezca uno al otro en el ejercicio de sus libertades democráticas (o incluso de su singularidad), menor es la posibilidad de distanciamiento. El obrero que en el siglo XIX reivindicaba un lugar en la sociedad, intentará en el siglo XX pasar desapercibido ante la policía, el ejército, Hacienda o la justicia.



Siglo XXI.



Con frecuencia se habla de la globalización como si fuera un fenómeno, una coincidencia: la rendición de los países subdesarrollados a una receta, a una ortodoxia económica. Nada más lejos de la realidad. La globalización no es otra cosa que la imposición de un programa económico único, de una homodoxia, en la que el Banco Mundial condiciona una ayuda económica al cumplimiento de una serie de medidas estatales diseñadas para complacer a las multinacionales. Es decir, dinero a cambio de la explotación de los recursos de ese país y del trabajo de sus ciudadanos.

Esta homodoxia económica, mediática, política es ahora la medida de todas las cosas. La Banca castiga y perdona, y el Estado pierde la inicial mayúscula que le confiere el sistema democrático de dice representar, para convertirse en una mera coyuntura gubernamental de legitimización de un sistema económico-político autárquico.

Aquella piedra de toque fundamental en el sistema económico que era el trabajador emancipado se convierte ahora en la víctima de una conspiración global de explotación sólo comparable, en sus formas, al Imperio Romano, la España y la Inglaterra coloniales, el bloque soviético o la Alemania nazi, pero única en la historia si tenemos en cuenta el territorio que abarca.


Ya no tememos al Destino, ni a Dios, ni al salvaje, ni a nosotros mismos.

Nuestro temor es político: tememos a la crisis económica, pero votamos partidos capitalistas que legitiman la ausencia de control económico por parte de un Estado que ha dejado de defender lo público. Sentimos miedo al cambio climático, pero contribuimos cada día a su empeoramiento, en casa y en las urnas. Nos aterroriza la guerra, pero formamos parte de la OTAN.


Antiguamente, quien temía a Dios, no obraba mal; quien temía al rey, se convertía en súbdito para que éste le protegiera de otros; quien temía al monstruo de la cueva, no se acercaba por ahí; quien temía lo que pudiera ocurrirle allende los mares, no se embarcaba; quien temía a las brujas, no les pedía favores; quien temía al salvaje, se quedaba en su casa de Londres, etc.

Ahora, en cambio, somos suicidas resignados.

1 comentario:

J. G. dijo...

al principio me acordé del profesor Franz de Conpenhague