domingo, febrero 27, 2011

TEXTO 2

Recupero aquí los textos que publiqué en el extinto blog de Javier Calvo, riosperdidos.com



EL SUELO Y EL CIELO DE BARCELONA

Perpendicularidad cosmogónica y capitalismo.

Léxico básico:

-Barcelonauta. Es el navegante de la nave Barcelona. Dígase del que rema, el que convive con los otros navegantes e interacciona con ellos, el que comparte los escasos víveres con ellos. Es el flaneur barcelonés.

-Barzelote. Es el votante de PSC convencido de ser de izquierdas. Es el militante fiel a las directrices institucionales. El antiguo voluntario en los Juegos Olímpicos y fiel espectador de los fuegos artificiales de Montjuïc convertido ahora en soldado de la nueva campaña por el civismo. Sabe de vinos del Priorat y llora cada vez que escucha la canción de Freddy Mercury y Montserrat Caballé.

Tras cuarenta años de dictadura y una gestión municipal aficionada al remiendo y al parche, la Barcelona de los años ’80 se miró al espejo por primera vez desde el final de la guerra civil. Tenía el rostro demacrado, el pelo enmarañado y las extremidades agarrotadas. Todavía nadie podía imaginar que en pocos años le sería concedida la sede de los Juegos Olímpicos de 1992 y se vería inmersa en un proceso de apuntalamiento a contrarreloj. Narcís Serra se limitó a maquillar la superficie de la ciudad. A Maragall, sin embargo, le tocó gestionar la reconquista del suelo y la reconstrucción de la capital europea que había llegado a ser en el cambio de siglo y en la Belle Epoque. A aquél legado optimista le debemos severas intervenciones en el paisaje urbano que a corto plazo fueron bendecidas y aprovechadas por la población (la playa de la Barceloneta, el Moll de la Fusta, Montjuïc, Poble Nou, y sobre todo el Raval). Los barrios ya no eran exclusivos de su propio vecindario; poco a poco, el conjunto de la población podía moverse por lugares antes intransitados. Podría afirmarse que Barcelona dejaba atrás un mapa de zonas y lograba crear un mapa de rutas. Se generó un fenómeno de turismo local, la población joven empezó a instalarse en el centro de Barcelona y se inició así una etapa de encuentro e interacción espontáneas a pie de calle que duró algo más de una década, hasta el desembarco del PSC en la Generalitat.

Debo a esa época una memoria de gozos, de encuentros en espacios no coaccionados, y una impresión de que el espacio urbano pertenecía a aquello que se podía crear en él, que mi experiencia daba vida e historia a ese espacio. Cuando recuerdo lo que hice a plena luz de la Luna aquí o allá me parece mentira que siga viviendo en el mismo lugar.

Eso fue en los años ’90. Hoy en día, Barcelona es una ciudad de servicios diseñada para acoger población flotante: turismo, ferias y congresos, cumbres europeas o grandes eventos. Cualquier otro asunto que no responda a este interés es ignorado. El barcelonauta se ha convertido en un mero espectador de unos muros que se exponen como si se tratara de la Gran Obra de Dios, de una Jerusalén gótica, aunque esos muros alberguen un comercio de comida rápida o de souvenirs. Y sin embargo, ningún visitante conoce la historia de esos muros porque ése no ha sido el objeto de su visita. Y a pesar de ello, esos muros tampoco son el paisaje de la rutina del barcelonauta, porque esas calles son la patria temporal de las vacaciones del visitante. Calles para nadie repletas de gente.

Que una ciudad de millón y medio de habitantes (INE 2007) reciba 47 millones de visitantes al año merece una apelación rotunda: Invasión. O mejor dicho: Sarna con gusto.

El barcelonauta se rinde y cede, mientras el barzelote se convierte en adulador, en portador de antorcha, en costalero o, en definitiva, en un niño de Papúa que se queda absorto viendo cómo el pájaro de metal surca su cielo y rasga su memoria. Ya no le divierte chapotear en el río o escuchar las historias del jefe del clan. Se pasa horas mirando el cielo, o lo que es lo mismo, la Torre Agbar.

La ciudad conquista el cielo mientras expone el suelo a la invasión. Los Fidias, los Eiffel actuales responden a la llamada de las instituciones públicas que buscan retos arquitectónicos que simbolicen la llegada de las mismas a una zona depauperada. Es el pisotón del Godzilla. “Ja som aquí”, proclaman, mientras ahuyentan al vecindario.

El barcelonauta ha entendido el mensaje: si no tienes a dónde ir, tienes a dónde mirar.

El artista barcelonés Jordi Colomer realizó entre 2002 y 2004 una serie de videos titulada Anarchitekton, en la que se actualizaba de manera hilarante el culto al cargo en diferentes urbes del mundo.


















No hay comentarios: