jueves, mayo 14, 2009






He conseguido llevarme a casa un buen paquete de discos de mi abuelo, unos discos de clásica que en algunos casos tienen más de cincuenta años, editados por Pathé, Ducretet-Thomson, Belter, de Haendel y Bach, y otros más recientes, de vinilo, de autores clásicos o modernos. Estoy descubriendo muy tarde lo que debería conocer desde siempre, pero supongo que el rocanrol es celoso y prepotente, algo así como el guaperas de la clase, y a mí me ha explotado la bola de chicle en toda la cara. Y es que he llegado al punto de saturación definitiva: ya no puedo escuchar lo que llevo veinte años escuchando . Ya no soporto el registro melódico, la plástica, la tímbrica, la sonoridad del pop-rock rebotando en las cuatro paredes de mi casa. Tengo una necesidad imperiosa de escuchar músicas de otra cosmogonía, de otra sensibilidad, de un más allà geogràfico, histórico o de ultratumba.
Y me he encontrado con el daño irreparable que el siglo XX, en su afán audiovisual, ha causado en la música académica de los tres siglos anteriores. ¿Cómo escuchar el Concierto para piano y orquesta nº1 de Tchaikowsky sin ver a una pareja patinando en una pista de hielo, o peor aún, a Micky Mouse patinando en un lago helado? ¿O el Halleluyah de Haendel sin ver una ensalada bien aliñada o a un chico gordo que ha ligado, ambos en ralentí? ¿Y qué me decís del "O Fortuna" de Carl Orff, convertido, por culpa de Excalibur, en la música de la bravura, la valentía, el triunfo de la voluntad en la batalla o en el deporte, cuando precisamente el poema proclama que lo más poderoso es el destino, y que nadie puede escapar de él?
Y hablando de Micky Mouse, no entiendo por qué los creadores de dibujos animados no han reparado en L'Enfant et le Sortilege de Ravel, una opereta de temática infantil en la que cada personaje, objeto o animal parlante se expresa en un estilo musical diferente. Una explosión de colores y texturas. Un milagro sinestésico. Una maravilla olvidada. Aquí sí que se podría hacer una adaptación animada para la pantalla sin que la obra original se viera menospreciada en lo más mínimo. Pero no, seguiremos convirtiendo las piezas clásicas en música de fondo o en tonadillas.
Y no me vale el argumento sobre un uso pop de la herencia cultural, porque poner la Toccata y Fuga en Re menor de Bach para contextualizar las imágenes de una catedral me parece redundante, para ilustrar la vehemencia de una acción meditada, hortera, y en todo caso, si se utiliza para acompañar la imagen de un desnudo, de la actividad de unos estibadores en un puerto africano o de un caracol, como mínimo interesante, pero es probable que dure solamente un visionado, la próxima vez que lo vea pensaré que estaría más cómodo tomándome una caña en un bar. Godard siempre ha manipulado la música en la misma medida que las imágenes: el rostro de Anna Karina y una suite de Bach durante cinco segundos, cambio de plano y paso a silencio al mismo tiempo. Pero nunca veremos en sus películas que el uso de la música ayude a contextualizar o a ilustrar la imagen, sino al revés. El rostro de Anna Karina acude a textualizar sentimentalmente la suite de Bach.
Pues nada, ya tengo unas cuantas tonadillas clásicas para cuando gane el Barça la Champions. Por lo demás, ¿acaso no da gusto ver a los músicos tocar? Mucho mejor que ver a colibrís succionando polen o a salmones saltando en un río embravecido, ¿no?