sábado, febrero 28, 2009


El BBVA ha decorado las vidrieras de sus oficinas con esta curiosa imagen, ¿Una referencia al hecho de que son los patrocinadores de la Liga de Fútbol Española? Nooooo, es por todo el dinero de las arcas públicas que les ha regalado el gobierno central...
¡El gran pelotazo! Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja Ja...
jejeje...
jijí.

sábado, febrero 14, 2009


Útimamente he empezado a ser cada vez más consciente de que tengo una manía, hasta el punto de verme obligado a asumirla como una patología extraña. Y es que detesto profundamente que una máquina no funcione, porque me parece el colmo de la estupidez que nos rodeemos de artilugios mecánicos que fallan constantemente. Padezco una mecanofobia aguda, en parte porque prefiero, como buen catalán, el trato con un semejante en la más mínima transacción comercial, y en parte porque una máquina se hace para que funcione, no para que se estropee, y ese desorden puede acabar con mi paciencia. Las máquinas se fabrican sin pensar en su desgaste, es decir, en su uso prolongado, lo cual demuestra que no se trata de máquinas, sino de muestras. Estamos rodeados de muestras, maquetas, prototipos de unas máquinas reales que sólo existen sobre el papel.

El ejemplo más evidente son las cabinas de teléfono, verdaderos tragaperras sin luces y sin premio. El equivalente más preciso de una funcionaria distraída que no te escucha y se lima las uñas mientras le insultas. Intentar hacer una llamada en una de estas cabinas es el último estadio de la ludopatía. La primera vez que fui a Roma, aterricé en Ciampino, y cuando intenté llamar a mi amigo Vincenzo me encontré con que ninguna de las cabinas del aeropuerto funcionaba. Vincenzo me dijo que como se supone que todo el mundo en Italia tiene un telefonino, pues hacía años que las cabinas de Ciampino no funcionaban; bueno, las de Ciampino y las de toda Roma; es inútil intentarlo, son cabinas que no funcionan pero siguen ahí, cumpliendo con su labor en el espacio público. Si a eso le añadimos que en el momento que intentaba hacer una llamada desde la quinta cabina que tuvo el inmerecido honor de ser aporreada por mis histéricos dedos (insisto en que lo mío es una patología) fui evacuado de la recepción del aeropuerto por la policía debido a una amenaza de bomba, la sensación de vivir una vida en constante disolución se hizo de repente insoportable. Con tal de terminar la historia os diré que ya me había subido a un autobús cuando vi a mi amigo pasar por ahí, y que finalmente no explotó ninguna bomba, porque eso sólo ocurre cuando funcionan las cabinas de teléfono.
La sensación, nerviosa, de que un amasijo informe de palancas y tornillos te está levantando el peluquín es en mi caso la mayor prueba de resistencia que un servicio militar uzbeko podría ordenarme hacer. Y me pregunto si eso no será por pertenecer a la generación del VHS, ese aparato que lo tecnologicamente más avanzado de su cuerpo era el panel electrónico que daba la hora, porque lo demás era lo mismo que un reproductor de cassettes; ese chisme que veíamos cubrirse de polvo mientras destrozaba aquella película de Herzog que habíamos grabado cinco años atrás en la 2 una madrugada de febrero como ésta. Al horrible telecinado de RTVE se le añadía entonces una línea que temblaba en la mitad inferior de la imagen; pero bueno, como la daban doblada, no perdías lo subtítulos...
O acaso no será por pertenecer a una generación que creció viendo cómo Han Solo y Chewbacca le daban unos mamporros al panel de su nave espacial cuando ésta se apagaba, o cómo la propia animación de Max Headroom daba cuenta en los gráficos de las interferencias en la señal, o cómo el avión desde el que se emitía la cadena pirata en "The American Way" (Título original "Riders of the Storm" con Dennis Hopper) parecía un estercolero o, en fin, no será por entender que las nuevas tecnologías aplicadas al uso común no son otra cosa que la fabricación en serie de chatarra.
En otra ocasión, se me ocurrió repetir un centrifugado en mi lavadora porque la ropa estaba todavía húmeda, y al sacarla de nuevo vi que había tres monedas en el fondo del tambor, una peseta y dos duros. Era el 2005. Queda demostrado que si se desparejan los calcetines no es porque se desdoblen en sí mismos como un agujero negro y desaparezcan de nuestra dimensión.

Todo esto viene a cuento porque me he comprado un iMac con un pantallón, y ha sido un verdadero alivio respecto a mi relación con los portátiles de PC, absolutamente frustrante y mecanofóbica. Pero ahora me encuentro con otro fenómeno extraño, y es que después de que algunos trastos pasaran la época en que pretendían pasar por muebles, como radios y televisores, y después de adaptar el diseño de las carcasas de equipos de audio, VHS o computadoras a los nuevos materiales, ahora este iMac se impone en mi casa de solterón mileurista como si viniera del futuro. Mi casa debería parecer una tienda para que este artilugio no pasara por una máquina robada de un laboratorio y dejada de cualquier manera en la casa del ladrón. Pocas veces he tenido esta sensación de estar manipulando algo infalible e impecable. Que dure.

martes, febrero 03, 2009