sábado, marzo 15, 2008



Es Iva Bittova otra vez . ¡Diosssss, la amo con todo mi seeeeeer...!

jueves, marzo 13, 2008

VISITA RELÁMPAGO A MADRID

Pues resulta que me fui a Madrid aprovechando que el lunes 10 de marzo no trabajaba y Terry Riley daba un concierto en la Casa Encendida. Vueling me vendía un billete por 50 euracos bien gastados y la estancia me la cubría el compañero Víctor Caballero que hace meses que vive en casa de la camarada Vero (Louise Brookowicz al habla) en el barrio cercano a la Puerta de Toledo.

Un viajecito de ida bien movidito, con turbulencias y espantos varios (trompetas de Jericoh y flautas de Roland Kirk) me dejaron medio atontao en la T4 y con más ganas de café que de cocido. Por cierto, el café en Madrid es todavía peor que en Barcelona, es una taza de café triple, más aguado y soso que un tunero con gripe. Pues bien, me encontré con Víctor y lo tercero que me dijo fue: "en casa somos abstemios, así que si quieres vino, te lo compras". Paramos en una mantequería cercana a la Puerta de Toledo y compramos un par de botellas de un Valdepeñas un poquito peleón, y un queso curado de oveja de Cuenca que era una maravilla y un Afeuga-el-pitu asturiano bastante bueno. El compañero Víctor había preparado unos piquillos rellenos de bacalao que estaban de la muerte, de la roja. Cenamos él, yo y la Kraken, seudónimo no sé si justiciero de Antonia, la camarada que lleva unos buenos años aguantando a nuestro querido Víctor, un solazo de mujer, bióloga de espécimenes... como Víctor.

Total, que nos fuimos al concierto: El maestro Riley nos regaló un recital preciosista absolutamente inolvidable. Iba acompañado de su hijo a la guitarra española (me pareció que éste se había impregnado de Paco de Lucía sin haber aprendido flamenco, es decir, que se había quedado prendado del lirismo del maestro sin estudiar las raíces, lo que le convertía en un monstruo interesantísimo). No sé en qué medida improvisaron, es bastante difícil de determinar, pero en fin, el resultado fue un concierto lleno de sobresaltos sensibles, giros harmónicos bellísimos y, lo más revelador, cantos hindúes al estilo clásico, de los que Riley es un maestro occidental y yo no lo sabía. El pope del minimalismo nos ofreció un concierto cálido, melódico y oriental, cosa que no esperaba. La cita del festival de la Casa Encendida es única en la historia de los festivales de música de las últimas décadas, y es que en sólo una semana va a reunir a los maestros de la experiencia minimal, herederos de John Cage, bajo un mismo palio. Es un festival histórico.

Después del concierto quedamos con Jorge, director técnico de la Casa Encendida, y con Toni, un colega de Barcelona que lleva unos meses viviendo en Madrid y que se dedica al "artisteo barato" como él dice cuando le preguntas. Un par de tascas, unas cuantas copas y dos empanadillas de pollo para Víctor (es un panxacontent de los que ya no quedan) nos brindaron una noche de comentarios, anécdotas y risas entre bares que cerraban y otros que no tuvieron la suerte de echarnos. Llegamos a casa de Vero. Charleta hasta las tres y pico con el afeuga-el-pitu y el Despeñaperros.

Me despierto pronto (a las 9AM) y nos vamos a ver la expo de Modigliani en la Thyssen. Y ¡Zas! Otra sorpresa. Nunca había visto un Modigliani en vivo. Y es que a las obras de este artista, las reproducciones le sientan fatal (ocurre lo contrario con Mondrian, en vivo decepcionan). La exposición trataba sobre él y el contexto artístico de su época, con lo que pude, además, ver algunas piezas sobrenaturales de Brancusi (¡Dios, estaba la pieza "Prometeo"! Imposible reproducir en una foto), Cézanne o Picasso y descubrir a André Derain y a Tsugouharu Foujita. La candidez de Modigliani en las formas, en las texturas de la piel y en la combinación de colores es extraordinaria. Tuve momentos de verdadero arrebato con el "retrato de una mujer polaca", "retrato de Anna Zborowska" y "Cariátide". Víctor me explicó que Picasso, en el lecho de muerte, dijo algo así: "Realmente, Modigliani era muy bueno". Y es que ante el "retrato de una mujer polaca" uno se pregunta si Modigliani y Brancusi no son acaso los dos máximos exponentes de una sensibilidad clásica (la búsqueda de la belleza) en un estudio vanguardista de rasgos primarios, claramente influido por el arte africano (Picasso va más allá en las obras más célebres, busca una nueva sensibilidad, quizás es más africano todavía, porque no desdeña el adorno). Al cabo de pocos años, Ernst, Duchamp y compañía se encargarían de subvertir esa sensibilidad clásica a golpe de yunque, que no de martillo (por ahí acechaba el ojo rasgado de Buñuel anunciando una nueva era artística). Los ojos vacíos de los retratos de Modigliani respondían a las máscaras africanas y a la escultura griega arcaica, pero el poder de esas cuencas vacías en el resultado final del cuadro se explica en aquellos cuadros en los que el artista ha añadido unos ojos: es difícil no pensar que se vulgariza, que el cuadro se pierde en la mirada del objeto retratado. Cuando los ojos no están, no hay mirada que mirar, y el cuadro levita; todos los demás elementos cobran peso, y las texturas se erigen como motivo último. Se diría que los ojos aportan una tercera dimensión, y que al eliminiarlos, estamos a un paso de Rothko. Las máscaras deben ser contempladas como tales; ponerse una máscara es un acto religioso, ritual, no estético. Y ahora que lo pienso, ¿las ropas de Beuys, al exponerlas, las "despersonaliza"? (Persona en griego es máscara). Uy, uy, uy, aquí hay melocotón para rato.





Bueno, estos ejemplos no sé si son buenos, pero no he encontrado otros, ni tan sólo alguno de los tres cuadros que antes mencionaba.

En fin, Víctor había preparado una purrusalda de muerte, de la blanca, y me fui al aeropuerto con la impresión de haber hecho una visita relámpago ineludible e inolvidable. Por cierto, el metro de Madrid está mal señalizado y la T4 parece una casa de colonias de la Escuela Alemana de Sant Just Desvern sobredimensionada.

Muchas gracias Víctor, Antonia y Vero. Nos vemos pronto entre plataneros.

martes, marzo 04, 2008

Bueno, como he cambiado los colores de lolabech y la ventana del youtube chirriaba con esos azules que están tan de moda ahora (propongo volver a los siena, teja, ocre) pues he pensado que no estaría nada mal hacer una entrada contemplativa. Una de las mejores películas catalanas de los últimos años es Honor de Cavalleria d'Albert Serra. Una historia mínima (en la trama y en la puesta en escena) que esconde una verdadera lección si se quiere interpretar desde una perspectiva iniciática. Don Quijote y Sancho Panza son aquí dos no-actores ampurdaneses que viajan por el Pirineo y hablan de la Edad de Oro, de la bondad y del compromiso de la caballería. Resulta que la primera vez que vi la película tuve unos cuantos deja vu: había encuandres que me recordaban algunas obras maestras de la pintura clásica. Ahí me lanzo sin paracaídas y que sea lo que Dios quiera...



Este plano me recuerda a Déjeuner sur l'herbe de Manet.

El siguiente plano, en el que no hay diálogo ni acción, creo que es puramente referencial y contemplativo. Don Quijote, en la escena anterior, le pide a Sancho que le haga una corona de laureles. Los laureles, en la Grecia arcaica, se consagraban a Apolo, y la corona, que después se convertirá en un símbolo de poder romano, podría muy bien significar una especie de galón para aquél que hubiera superado los ritos de iniciación de los santuarios consagrados a Apolo. Una lectura moderna hablaría de los ritos de ingestión de una droga. No sólo Robert Graves, incluso Ernst Junger habla de un viaje de esencia de laurel en... ¿Heliópolis?... ¿Eumeswill?... no me acuerdo, y no los encuentro en mi librería, mecachis. Bueno, quien los tenga que los disfrute.

Esta posición de la cabeza respecto a los hombros, que en fotografía se denomina "de tres cuartos" és típica de la escultura clásica griega y romana. El contrapicado refuerza el carácter de solemnidad que obliga el pedestal.

Éste es el ejemplo que encuentro más interesante, y es que aquí se ha utilizado un objetivo angular cuando posiblemente no había ninguna razón cinematográfica para hacerlo. El diálogo es muy importante: Don Quijote le dice a Sancho que se siente fatigado y que él debe continuar su misión. Esto podría haberse rodado en un plano-contraplano o en un plano al menos más cerrado, pero el director nos plantea una relación espacial de distanciamiento y desentendimiento (quizás era lo que pretendía). En todo caso, a mí me recuerda a La tempestad de Giorgione, una de las obras más misteriosas de la pintura clásica.


Pues bien, quizás acabo de demostrar que tengo un cuadro, sí, pero psicótico. En fin, así son las cosas, y así se las he contado... bip, bip, bip, bip.